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Reforma de biocombustibles: detrás de la discusión política, hay una cuestión técnica

El debate sobre un nuevo marco para los biocombustibles volvió al centro de la agenda energética argentina. El Senado acaba de dar media sanción a un proyecto que, entre otras modificaciones, propone elevar el contenido obligatorio de bioetanol en las naftas del 12% al 15% y el de biodiésel en el gasoil del 7,5% al 10%. La iniciativa deberá ahora ser considerada por la Cámara de Diputados.

Buena parte de la discusión alrededor del proyecto se concentra, comprensiblemente, en sus consecuencias económicas y distributivas: qué regiones o provincias se benefician, cómo se distribuye el mercado entre productores, qué participación tendrán las empresas integradas, las internacionales y las pymes y cómo impactará el nuevo régimen sobre las distintas cadenas agroindustriales.

Son discusiones legítimas y relevantes, pero pertenecen fundamentalmente al terreno de la política económica y de la regulación sectorial. Hay, sin embargo, otra dimensión que merece atención: cuando se modifica el porcentaje de biocombustibles que obligatoriamente debe contener una nafta o un gasoil, también se está modificando técnicamente el combustible que utilizamos.

Y allí conviene detenerse.

¿Qué estamos poniendo en el tanque?

Los biocombustibles no son una tecnología experimental ni algo que comenzaremos a utilizar si se aprueba la nueva ley. Ya forman parte de los combustibles que cargamos diariamente en las estaciones de servicio. Incluso la normativa argentina de calidad ya contempla naftas con hasta 15% de bioetanol y gasoil con hasta 20% de biodiésel. Es decir, los porcentajes ahora propuestos como obligatorios —E15 y B10— se encuentran dentro de parámetros técnicos ya previstos por la regulación vigente.

En Argentina interesan fundamentalmente dos. El bioetanol, producido principalmente a partir de maíz y caña de azúcar, se incorpora a las naftas. El biodiésel, cuya principal materia prima en nuestro país es el aceite de soja, se mezcla con el gasoil.

El concepto es sencillo: reemplazar parte de la energía derivada del petróleo por otra de origen renovable, aprovechando en gran medida los vehículos y la infraestructura de combustibles líquidos existentes, a diferencia de alternativas como la electricidad o el hidrógeno, que requieren transformaciones más importantes. Pero que ambos productos puedan mezclarse no significa que sean técnicamente iguales.

No existe energía gratis

Como ocurre con casi todas las alternativas energéticas, también aquí existe una relación de compromiso: se obtienen determinadas ventajas a cambio de aceptar algunas contrapartidas.

El caso del bioetanol es particularmente interesante. El etanol posee una excelente resistencia a la detonación y un elevado octanaje. Es, por lo tanto, un componente valioso para formular naftas y puede contribuir a mejorar su comportamiento frente al conocido “pistoneo”.

Pero tiene una contrapartida: contiene aproximadamente 30% menos energía por litro que la nafta. Esto no significa que una nafta con 15% de etanol tenga 30% menos de energía, sino que su contenido energético disminuye ligeramente y, en proporción, puede aumentar también el consumo.

Pasar de E12 —12% de etanol— a E15 —15%— representa un cambio relativamente pequeño. A cambio de esa pequeña pérdida de energía por litro, la incorporación de etanol aporta mayor octanaje y resistencia a la detonación.

El biodiésel presenta un balance diferente. También posee menor contenido energético que el gasoil convencional, aunque la diferencia es bastante menor que entre etanol y nafta. Como aspecto favorable, tiene muy buena lubricidad, una propiedad particularmente importante para bombas e inyectores y que adquiere relevancia en combustibles de muy bajo contenido de azufre. Como contrapartida, puede presentar mayor sensibilidad al almacenamiento prolongado, a la oxidación y, particularmente, al comportamiento a bajas temperaturas.

Renovable tampoco significa emisiones cero

Otra simplificación frecuente consiste en presentar a los biocombustibles como combustibles sin emisiones.

No lo son.

Su carácter renovable proviene de que se producen a partir de biomasa que puede volver a cultivarse y que, durante su crecimiento, absorbe CO₂ de la atmósfera. Pero su producción, transformación y distribución también generan gases de efecto invernadero (GEI).

Por eso, su impacto ambiental debe evaluarse mediante un análisis de ciclo de vida. Según la materia prima, el proceso productivo y la energía utilizada, la reducción de emisiones respecto de los combustibles fósiles puede ser mayor o menor.

En otras palabras: renovable no significa cero emisiones.

¿Por qué, entonces, los utiliza el mundo?

Los programas de biocombustibles surgieron y se desarrollaron por una combinación de razones.

Una de ellas fue la seguridad energética: países importadores de petróleo pero grandes productores de caña, maíz, soja, palma u otros productos agrícolas encontraron la posibilidad de sustituir una parte del petróleo importado por energía producida localmente.

Posteriormente adquirió mucha mayor relevancia la posibilidad de reducir las emisiones netas de gases de efecto invernadero.

Existe además una tercera razón: transformar producción agrícola en energía agrega demanda, industrialización, trabajo y valor a recursos domésticos.

Pero es importante señalar algo: los biocombustibles no nacieron necesariamente porque sean más baratos que la nafta o el gasoil, ni porque hagan funcionar mejor cualquier motor. Sus fundamentos son principalmente energéticos, ambientales y, en muchos países, económico-productivos.

En Argentina, además, el análisis presenta una particularidad. Nuestro país dispone simultáneamente de una enorme base agroindustrial y de recursos hidrocarburíferos muy importantes. Por eso no resulta suficiente afirmar que utilizar más biocombustibles significa simplemente “ahorrar petróleo”. En realidad, estamos sustituyendo una fracción de combustible fósil por producción agroindustrial nacional. Determinar cuál de esos recursos genera mayor valor económico requiere un análisis diferente, que excede la cuestión estrictamente técnica.

Aumentar el corte no es solamente cambiar un número

Para el usuario, el cambio puede expresarse de manera muy simple: por cada 100 litros de nafta, el contenido obligatorio de etanol pasaría de 12 a 15 litros; por cada 100 litros de gasoil, el biodiésel pasaría de 7,5 a 10 litros.

Son incrementos moderados y, con combustibles que cumplan las especificaciones correspondientes, no deberían producir cambios significativos en el funcionamiento normal para la enorme mayoría del parque, hoy dominado por vehículos con gestión electrónica.

Pero para quienes producen, formulan, almacenan y distribuyen esos combustibles, el cambio requiere mayor atención. Etanol y biodiésel tienen propiedades diferentes de los componentes fósiles que reemplazan: cambian algunas características de la mezcla y requieren controles adecuados de calidad, agua, almacenamiento y, particularmente en el biodiésel, comportamiento a bajas temperaturas.

Ese es, precisamente, el punto técnico de la modificación: para el automovilista el cambio debería ser prácticamente transparente; detrás del surtidor, en cambio, exige adaptar formulaciones, especificaciones y controles para que así sea.

Porcentaje y calidad deben avanzar juntos

La discusión parlamentaria decidirá finalmente qué régimen económico y regulatorio tendrá la Argentina, cómo se distribuirá el mercado y qué porcentaje obligatorio se establecerá. Es una discusión que corresponde dar en ese ámbito.

Pero existe una conclusión técnica que debería trascender esas diferencias.

Aumentar la participación de los biocombustibles en la magnitud propuesta es técnicamente posible, pero el aumento del porcentaje y la adecuación de las especificaciones de calidad deben avanzar juntos.

Especialmente en el biodiésel, el control de calidad, las especificaciones regionales y estacionales, las condiciones de almacenamiento y la calidad de los componentes que reciben las refinerías adquieren mayor importancia. En particular, deben contemplarse exigencias adecuadas para asegurar el comportamiento del combustible en zonas y períodos de bajas temperaturas.

El objetivo no debería ser solamente incorporar más biocombustible, sino hacerlo preservando la calidad del producto final, la operación de refinerías y estaciones de servicio, la compatibilidad con los vehículos y, fundamentalmente, la confiabilidad para el consumidor.

Tampoco debemos olvidarnos de las refinerías. Son finalmente las responsables de que las naftas y el gasoil que llegan al mercado cumplan permanentemente con las especificaciones establecidas. Detrás de ese resultado existe un trabajo técnico muy exigente de profesionales, laboratorios y plantas de producción que ajustan continuamente las formulaciones para cumplir las especificaciones y estándares de calidad

Modificar el porcentaje de biocombustibles agrega una nueva variable a ese proceso. Para que funcione adecuadamente, las refinerías necesitan recibir biocombustibles con la calidad especificada, en los volúmenes requeridos y con una logística regular. Faltantes, variaciones de calidad o irregularidades en las entregas pueden dificultar la formulación y tensionar una cadena de abastecimiento y distribución que ya es compleja.

Quizás esa sea la dimensión menos visible del debate actual: aumentar los cortes es técnicamente posible y, para el usuario, debería resultar prácticamente imperceptible. Lograr que así sea requiere que calidad, especificaciones, abastecimiento y control acompañen el cambio.

La política puede determinar cuánto biocombustible queremos incorporar y bajo qué reglas hacerlo. Pero la regulación debe crear las condiciones para que la técnica pueda hacerlo bien.

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